BuscarLibro
LA CAZA
+En España
+En el Extranjero
+Últimas Cacerías
+Programa Temporada
+Resultados
+Crónicas
+Información al Día
+Sorteos en Reservas
+Organizaciones
+Galería Gráfica
+Revistas
LOS LIBROS
+Buscador de Libros
+Club Bibliográfico
+Catálogo
+Novedades
+Noticias Bibliográficas
+Servicio de Búsqueda
+Subastas de Libros
LA JUNTA
+Radio Monte
+Chat-Junta
+Segunda Mano
LA TIENDA
+Buscador de Artículos
+Marcas
+Departamentos
LA ATALAYA
+Asesoramiento
+Web Perros
+Servicios
LA WEB
+Trocha
+Publicidad




Haz de cazaylibros.com tu página de inicio:
La Jara
Crónicas
HISTORIA DE UN LANCE COMPROMETIDO
Por: Fernando Diago

Después de once días de safari y veinticuatro piezas abatidas en Sudáfrica, me había trasladado con Chema Pérez Castells y Antonio González a Zimbabwe para intentar cazar un buen ejemplar de elefante.


La suerte no nos había acompañado hasta entonces y como cada jornada, inicio con Len Taylor, el cazador profesional que me asiste y con sus ayudantes, la aventura, cuando el día empieza a desperezarse. La mañana es brumosa y fresca. Después de unos veinte minutos dando tumbos por pistas escasamente transitables dejamos el todoterreno junto a una laguna con abundantes huellas recientes y comenzamos a caminar en círculos para inspeccionarlas. Al poco rato encontramos unas huellas que sobrepasan con holgura los dos pies de Len, pero lamentablemente el grupo de elefantes que las acompaña es numeroso y la abundancia de huellas hace muy difícil su rastreo. Sabemos que el elefante escogido esta próximo y que es grande, pero ¿dónde encontrarlo?. El tiempo pasa rápido, son ya las ocho de la mañana, llevamos hora y media caminando y empiezo a preguntarme si no estamos realmente persiguiendo a unos fantasmas, porque ¿cómo es posible que no podamos localizar a un grupo tan numerosos de voluminosos paquidermos que dejan grandes destrozos a su paso?.

Sin embargo, tengo la convicción de que están cerca, que les vamos a ver pronto, que se romperá el hechizo de los días anteriores y que harán acto de presencia con toda su majestuosidad. Así sucede. Ayudado por el ruido y después de andar otra media hora, diviso por fin entre los arboles la primera sombra gris pardusca, semejante a la corteza de un viejo baobab. La manada es numerosa y siento que estamos rodeados. Mas de dos docenas de elefantes nos circundan esparcidos en un bosque espeso y tupido. El viento sopla a nuestro favor, pero nuestras huellas son testigos de nuestro paso y sabemos que tarde o temprano nos delataran. Tratamos de seguir las pisadas del macho de mayor tamaño y nos encontramos con un grupo de hembras y crías frente a nosotros que se desplazan con sigilo cubiertas por la espesura, cuando de repente aparece ante nosotros un macho enorme, con una alzada sensiblemente superior al resto. Len sonríe emocionado. El elefante es viejo, muy viejo, con las enormes orejas llenas de destrozos y de una envergadura descomunal. Apenas se deja ver, pero confiamos que sus colmillos superarán holgadamente las cincuenta libras. Cuando lo podemos observar mejor, descubrimos que tiene un colmillo defectuoso y que sus defensas no corresponden a su envergadura.
Aunque la decepción que tenemos es grande, nos sobreponemos y tratamos de acercarnos a otro grupo que esta más disperso y que tiene en primera línea a dos hembras adultas y una joven con su cría. Len me advierte una vez mas que las crías suelen generar problemas y que debemos ir con cuidado, por lo que decidimos inspeccionar a un tercer grupo, dando un amplio rodeo y aprovechando el viento favorable.

Llevamos ya tres horas de camino y la tensión y el cansancio se hacen notar en nosotros. El calor es grande y el pegajoso sudor se nos acopla como una segunda piel. Descansamos un momento para beber un trago de agua y reponer fuerzas antes de reiniciar lentamente la marcha que abre como siempre un pistero, seguido a poca distancia de nosotros dos y más rezagado un ayudante que cierra la marcha. Vamos tranquilos porque tenemos el escaso viento a nuestro favor y caminamos con prudencia. De cuando en cuando hacemos un alto y oteamos atentamente. Nada nos hace presagiar ninguna desgracia. Len camina distendido, apoyando su rifle en el hombro. Yo he introducido las balas blindadas en la recamara y lo llevo en bandolera con el seguro puesto. Como el bosque no es muy denso y no hay arbustos espinosos, caminamos con tranquilidad tratando de oír los chasquidos que nos orienten sobre la presencia de los elefantes.

Cuando llevamos unos veinte minutos de marcha, los encontramos nuevamente a unos setenta metros de nosotros. Esta vez se trata de un grupo mixto, presumiblemente el que andábamos buscando, pero nos han visto y empiezan a moverse inquietos. Son una docena en total con dos crías muy pequeñas. El grupo lo encabeza un macho adulto que justamente es el que está más próximo a nosotros. Ante nuestra presencia el macho alerta a los demás y se ponen todos en movimiento con un fuerte estruendo.

Repuestos de la sorpresa, Len da la orden de replegarnos. Nuestros movimientos son cautos y lentos, procurando no generar alarma, pero desgraciadamente son demasiados elefantes a nuestro alrededor están demasiado cerca para retirarnos rápidamente. Trato de resguardarme detrás de un árbol y como suele ocurrir en estos casos no hay ninguno cerca, todos son enclenques y no pueden cobijarme. Los acontecimientos se precipitan y todo empieza a suceder con enorme rapidez. Len intenta protegerme mientras los elefantes inician una estruendosa estampida, barritan chascando ramas, levantando polvo y generando una enorme confusión a nuestro alrededor. El suelo resuena con su galope y yo miro por todas partes tratando de ocultarme, sin acabar de entender lo que esta pasando. Len esta nervioso, los ayudantes que carecen de armas, se retiran rápidamente y nos quedamos Len y yo en medio de la confusión.

Al principio, los elefantes parece que huyen, pero el penúltimo es una cría y para nuestra desgracia, el último es una hembra joven –de unos veinte años- presumiblemente la madre, que se separa del resto de la manada que huye con un galope rápido. Acampanándose se lanza contra nosotros tratando de defender a su primer recental. No me lo acabo de creer y tengo la impresión de que estoy viviendo algo irreal. Me quedo quieto porque no tengo tiempo de retroceder y la elefanta esta demasiado cerca, a unos cuarenta metros y sigue avanzando con furia. Len está descompuesto porque intuye que la cosa es grave. Me protege colocándose a mi lado en posición de tiro y yo le quito instintivamente el seguro a mi rifle. En un último intento de frenarla, Len chilla, pero la elefanta, aunque tiene un instante de desconcierto, no frena su carrera y viene resuelta a por nosotros. En una pequeña fracción de segundo le disparamos en la frente casi al mismo tiempo, yo mi 375 H.H. y Len su 458. Los tiros son altos porque el animal viene balanceándose con la cabeza levantada y es difícil acertar en el punto vulnerable exacto que indican los expertos. La elefanta acusa los impactos pero no frena la carga. Un inmediato segundo disparo de Len logra que se desplome con inercia a tres metros de nosotros, quebrándose uno de los colmillos por la fuerza del golpe. Casi a mis pies recibe mi tiro de gracia. Sigo sin acabar de creérmelo cuando regresan los dos ayudantes que se habían alejado mas de sesenta metros del lance.


Len esta compungido. Sé que para él es un problema y que deberá convencer a su jefe, Mark Butcher de Matupula Safaris o incluso a las autoridades del “Departament of National Parks and Wildlife Management” de Matetsi que a tenido que matar la elefanta en defensa de la vida de su cliente. Es joven 22 años y para él puede ser algo negativo en su carrera o costarle la licencia de cazador profesional. Está triste y lloroso y lo reconforto dándole las gracias y mostrándome dispuesto a compensarlo y defenderlo ante quien necesite ser defendido, porque no tengo duda que se ha arriesgado por mí como hice constar en mi declaración ante el oficial, Elías Mafu, Jefe del mencionado departamento de caza. Aun así debo agradecerle la resolución con que actuó, porque cuando escribo estas notas ya en la tranquilidad del campamento y protegido por el enorme baobab -23 metros de diámetro- que corona el campamento a modo de carpa, viendo la concesión y los 1.400.000 Has. Del parque nacional de MATETSI, que son en la oscuridad de la noche africana como un agujero negro misterioso que se abre seductor ante mí, creo que sinceramente que he estado en el borde del infierno y que he sido rescatado en el último momento como en las películas de aventuras. Chema y Antonio han regresado al anochecer después de un duro día de caza sin resultados, aunque con la retina llena de recuerdos. Una ginebra bien servida, un trago distendido a la luz de los quinqués que precede siempre a nuestros relatos, mientras que la tranquilidad de la noche se abre ante nosotros, magnifica y dulce, para mí, como mi segundo nacimiento. Todavía hicieron falta siete días mas de rececho para conseguir el elefante que se refleja en la otra fotografía. Fueron días intensos y agotadores, llenos de inolvidables experiencias y con un final feliz. Pero esto último forma parte de otra historia y de otro relato.

Crónicas

La Jara

© Copyright cazaylibros.com
Apartado de Correos 95 - Tres Cantos 28760 - Madrid - ESPAÑA.
Teléfono: (34) 91 847 30 87 - Fax: (34) 91 846 37 91
e-mail:
cazaylibros@cazaylibros.com

La Jara


Contrate su publicidad